When it comes to my God, the radical changes often come from the seemingly little things… and that is what He showed me through my experiences in Panamá. 

God began preparing my heart for this country back in August of 2017. I had dealt with constant rejection from missions trips all around the world, but I knew that I had remain strong in my calling to serve Him. One day in early August, a friend sent me the link to the WOL Student Fusion Trips and suggested that I check them out. My heart was in a state of discouragement, but I decided to look regardless of my feelings. Upon seeing a simple photo of three mothers standing with their children in front of lush green forests and vibrant homes, I broke down in tears. God ripped my heart in half for those people while giving me absolute peace and assurance in His plan. From that moment on… I knew where I was meant to be. 

Flashforward to July 1st, 2018: We started our trip with four days of training in Tampa, Florida. God formed beautiful friendships and taught us so much about Him and how we can serve Him to the fullest. On July 3rd, we had a campfire service where our leader, Dustan, preached and then led a “Call to Action”. When he asked us who was ready to commit their lives fully to missions, I didn’t even have a chance to think before I was up on my feet and in tears, once again. In that moment, I gave God my life and trusted in His plan more than ever before, regardless of what the sacrifice may be.  

After what seemed like years, July 5th, 2018 came and we finally landed in Panamá. From the moment that we stepped off of the plane, I felt so at home. Upon exiting the airport, the world around me was full. Full of greetings, full of smiles, full of Spanish, and full of humidity; it was perfect. I expected to feel culture shock, but in its place was love and awe like no other. From the traffic to the houses to our first Chicheme, everything felt right. It was only our first hour on field, and I was already falling in love with the country.

By July 7th, we had become accustomed to the camp routine and everything was falling into place with our ministry, yet I felt so much confusion. I was unsure if God was calling me to an American University, the WOL Bible Institute, or to an unknown. And then, Traci introduced me to CDI in what seemed to be the average conversation in between soccer games, but turned out to be the beginning of something huge. As she spoke, God put the program more and more on my heart and the words that He was giving Traci immediately rid me of confusion. I finally realized that God wants more for me in Panamá and that CDI is to be the first step. 

Every conversation and moment shared from then on served as confirmation of my calling. On the night of July 8th, we lost power on campus. Obviously this was not a good thing, as no power = no fans. Instead of the experience being miserable, God used it to show me another part of my country. As we were walking back to our cabins, Katie and I looked up to the sky. Our glances were met with more stars that I ever could have imagined. I was in pure amazement at what I was seeing; stars don’t shine like that in America. The sky that night just showed me how much love God pours into each moment for those who follow Him.

Before the trip, I had a vision where voices of both English and Spanish came together in perfect harmony to worship, and each time that this happened in Panamá, I felt more with God than ever before. One time in particular will always hold a special place in my heart: On July 11th we were driving to a school in the mountains and I was dreading the long ride and plausible car sickness, but once again, God had other things in store for me. “El León y El Cordero” (The Lion and The Lamb) began playing through the van speakers and all voices began singing, creating my favorite sound. And then I looked up. The mountains stretched on for miles. God was screaming at me through the colors, the nature, the houses, and the people. He was telling me to never look away. To never leave the country. To never forget my love or my calling. And on that mountain, I promised Him that I will not. A piece of me will always be in Panamá waiting for the rest to return. 

In short, God changed my life through conversations, a language, stars, and mountains. I have never been more thankful for Him than I am now. He may be calling me somewhere new, but Panamá is exactly where I want to be.

MARLY ROKENBROD

WOLBI STUDENT FUSSION

 

Cuando se trata de mi Dios, los cambios radicales a menudo provienen de cosas aparentemente pequeñas… y eso es lo que Él me mostró a través de mi experiencia en Panamá.

Dios comenzó a preparar mi corazón para este país en agosto de 2017. Había lidiado con el rechazo constante de los viajes misioneros en todo el mundo, pero sabía que había permanecido firme en mi llamado a servirle. Un día, a principios de agosto, un amigo me envió el enlace a WOL Student Fusion Trips y me sugirió que lo revisara. Mi corazón estaba en un estado de desaliento, pero decidí mirar a pesar de mis sentimientos. Al ver una foto simple de tres madres de pie con sus hijos frente a exuberantes bosques verdes y casas vibrantes, rompí a llorar. Dios rasgó mi corazón a la mitad por esas personas mientras me daba paz y seguridad absoluta en su plan. A partir de ese momento … supe dónde estaba destinada a ir.

Avanzamos al 1 de julio de 2018: comenzamos nuestro viaje con cuatro días de entrenamiento en Tampa, Florida. Dios formó hermosas amistades y nos enseñó mucho sobre él y cómo podemos servirle al máximo. El 3 de julio, tuvimos un servicio de fogata donde nuestro líder, Dustan, predicó y luego dirigió un “llamado a la acción”. Cuando nos preguntó quién estaba listo para dedicar sus vidas por completo a las misiones, ni siquiera tuve la oportunidad de pensar antes de ponerme de pie y llorar una vez más. En ese momento, le di mi vida a Dios y confié en su plan más que nunca, independientemente de lo que pueda ser el sacrificio.

Después de lo que pareció fueron años, llegó el 5 de julio de 2018 y finalmente aterrizamos en Panamá. Desde el momento en que bajamos del avión, me sentí como en casa. Al salir del aeropuerto, el mundo a mi alrededor estaba lleno: lleno de saludos, lleno de sonrisas, lleno de español y lleno de humedad… fue perfecto. Esperaba sentir un choque cultural, pero en su lugar había amor y admiración como ningún otro. Desde el tráfico a las casas hasta nuestro primer “chicheme”, todo se sintió bien. Era solo nuestra primera hora en el campamento, y ya me estaba enamorando del país.

Para el 7 de julio, nos habíamos acostumbrado a la rutina del campamento y todo estaba encajando con nuestro ministerio; sin embargo, sentí tanta confusión. No estaba segura si Dios me estaba llamando a una universidad americana, el Instituto Bíblico WOL, o a algo aún desconocido. Y luego, Traci me presentó el Centro de Discipulado Intensivo, en lo que parecía ser una conversación normal entre partidos de fútbol, ​​pero resultó ser el comienzo de algo enorme. Mientras ella hablaba, Dios puso el programa más y más en mi corazón y las palabras que Dios me estaba dando a través de Traci inmediatamente me libraron de la confusión. Finalmente me di cuenta de que Dios quiere más para mí en Panamá y que el CDI es el primer paso.

Cada conversación y momento compartido a partir de entonces sirvió como confirmación de mi vocación. En la noche del 8 de julio, se fue la luz en el campamento. Obviamente, esto no fue algo bueno, ya que no luz = no abanicos. En lugar de que la experiencia sea miserable, Dios la usó para mostrarme otra parte de mi país. Mientras regresábamos a nuestras cabañas, Katie y yo miramos hacia el cielo. Nuestras nuestras miradas se encontraron con más estrellas que jamás podría haber imaginado. Estaba completamente sorprendida por lo que estaba viendo; las estrellas no brillan así en Estados Unidos. El cielo esa noche me mostró cuánto amor derrama Dios en cada momento para aquellos que lo siguen.

Antes del viaje, tuve un sueño en la que voces de inglés y español se unían en perfecta armonía para adorar, y cada vez que esto sucedía en Panamá, me sentía más con Dios que nunca. Una vez en particular, tendrá siempre un lugar especial en mi corazón: el 11 de julio estábamos manejando a una escuela en las montañas y teníamos un largo recorrido y las náuseas del viaje en el bus, pero una vez más, Dios tenía otras cosas guardadas para mí . “El León y El Cordero” comenzó a sonar a través de las bocinas del bus y todos comenzaron a cantar, creando mi sonido favorito. Y luego levanté la vista. Las montañas se extendieron por millas. Dios me gritaba a través de los colores, la naturaleza, las casas y la gente. Él me decía que nunca apartara la vista. Nunca dejar el país. Nunca olvidar mi amor o mi llamado. Y en esa montaña, le prometí que no lo haría. Una parte de mí siempre estará en Panamá esperando regresar.

En resumen, Dios cambió mi vida a través de conversaciones, un lenguaje, estrellas y montañas. Nunca he estado más agradecido por Él de lo que estoy ahora. Él puede estar llamándome en algún lugar nuevo, pero Panamá es exactamente donde quiero estar.

MARLY ROKENBROD

WOLBI STUDENT FUSSION